Con la prima de riesgo hacia arriba, de nuevo renacen los temores, aunque continúa situada lejos de los máximos del verano pasado. Y ahí se mantendrá si Silvio Berlusconi, o nosotros, no lo empeoramos. Pero en estos momentos, lo que hay que destacar, más que ese repunte, es la mejora experimentada desde el pasado mes de septiembre.
Existe la tentación de atribuir esa mejora a la actuación de Mario Draghi. En esta visión, el Banco Central Europeo (BCE) habría salvado al euro, respondiendo al clamor general que le pedía una contundente intervención. No es esta mi opinión ni, en lo esencial, tampoco la de los que especularon a favor de su ruptura, y han perdido dinero con ello. Su análisis, difundido tanto desde el Financial Times como del Wall Street Journal, apunta a razones más profundas. Entre ellas, quisiera destacar dos: la voluntad de mantener la unión monetaria y el éxito de las políticas de estabilización y reforma en el sur.

Hay que comenzar con el carácter político que inspira la existencia del euro. Su nacimiento tuvo lugar a pesar de los problemas que generaría una unión monetaria sin movilidad perfecta de bienes y servicios y de factores o sin una unión fiscal y un Tesoro comunes. Además, si la teoría económica y la experiencia histórica jugaban en contra de la Unión Económica y Monetaria (UEM), puede decirse otro tanto de la posición de Alemania, que postulaba que debería ser el final de un proceso de convergencia real. Frente a ella se alineaban otros países, liderados por Francia, que postulaban que ya había bastante con la convergencia nominal (en tipos de interés, estabilidad del tipo de cambio, precios). No obstante las objeciones alemanas, el tratado de Maastricht se firmó y, en 1999, y pese a que el 70% de la población germana se oponía, el euro substituyó al marco.

¿Cómo pudo suceder? Porque fue el resultado de un acuerdo franco-alemán, y al que Gran Bretaña se oponía, destinado a resolver el mayor problema político aparecido en Europa desde la II Guerra Mundial: la reunificación de las dos Alemanias. La llamada cuestión alemana se resolvió, aceptando Francia la unificación y cediendo Alemania la soberanía y fortaleza de su moneda.

Ese carácter eminentemente político de la Unión Europea (UE), y del área del euro posterior, es el que muchos olvidan. Ahora, por ejemplo, David Cameron plantea el retorno a un mundo que jamás existió, en el que el mercado único debería ser la única base de la Unión. Jamás fue así.
Cierto que la UE se articuló alrededor del mercado único, pero su objetivo último, su origen y el motor de sus cambios, siempre ha sido político. Es decir, situar a Alemania en el contexto del resto de Europa. La cuestión alemana ha sido, continúa y continuará siendo el eje alrededor del cual ha girado el nacimiento y desarrollo de la UE y de su vástago más ilustre, el euro.

El segundo factor que explica la mejora desde septiembre es el reconocimiento, por parte de los operadores en los mercados financieros, de la eficacia de los ajustes implementados. Antes de la crisis, cuando los desequilibrios exteriores eran insostenibles, esto apenas preocupó a economistas, Gobierno o reguladores, como el Banco de España. Y parece que ahora, desde una situación distinta, se continúa despreciando el ajuste efectuado, en forma de restablecimiento del equilibrio exterior.
Así, en cualquiera de las crisis anteriores, desde los sesenta al euro, el saldo exterior se reequilibraba en escasamente tres años, tanto porque el déficit no superaba el 3% del Producto Interior Bruto (PIB), como por la corrección provocada por la devaluación de la peseta.

En esta todo ha sido muy distinto, por el muy elevado valor inicial de la necesidad de financiación exterior (en el entorno del 11% del PIB) y porque ha tenido que efectuarse mediante una penosa y larga devaluación interna, pero que ya ha dado sus frutos: en 2013 parece que nuestras cuentas exteriores mostraran capacidad de financiación, ¡por vez primera desde 1997! Y nosotros no somos la excepción. Estos pasados días se ha visto a Irlanda reestructurando su deuda y preparándose para regresar a los mercados, mientras Portugal y Grecia se encaminan hacia un final parecido.
¿Qué importancia hay que darle a la mejora exterior? La máxima. Y ello porque estamos especialmente endeudados con el resto del mundo: la Posición de Inversión Internacional neta (PII) se situaba en el entorno de los 950.000 millones de euros a mediados de 2012, más del 90% del PIB. Y había aumentado desde valores cercanos al 35% en 1998. Por su parte, la deuda bruta total alcanza los 2,3 billones de euros (desde unos 400.000 millones en 1998).

Quiere ello decir que, para refinanciarnos con el exterior (sector privado y/o público), necesitamos anualmente la friolera de unos 300.000 millones de euros. Sin las reformas en curso y el ajuste interno, simplemente no seríamos solventes, como mostró el pánico que se apoderó de los inversores entre julio de 2011 y septiembre de 2012, cuando abandonaron el país cerca de 350.000 millones de euros.

El reconocimiento, por parte de los mercados financieros internacionales, del empuje político necesario para mantener la moneda única, junto a los positivos resultados de las reformas en curso, son los dos factores de fondo que explican la distensión actual. En suma, voluntad alemana y francesa, y medidas de ajuste en España (desde la reforma laboral, a la de pensiones y desde el rescate bancario, a los reajustes presupuestarios) explican la mejora actual. Y por estas razones es más estable y duradera.

Guste más o menos, lo cierto es que el liderazgo alemán está dando sus frutos. Y que su política de palo y zanahoria por un lado (ayúdate y te ayudaré, parece ser el motto de Angela Merkel), y la defensa a ultranza de la moneda única por otro, acabarán siendo exitosas. No lo olviden, por si regresan los problemas: la crisis actual solo se resolverá adecuadamente si no reabre la cuestión alemana. Y ello implica, necesariamente, la supervivencia del euro. Tenemos esa suerte.